La Familia en el Plan de Dios

Mi primera imagen gráfica de Dios, de su Plan de Salvación y de las Sagradas Escrituras fue la del libro “Historia Sagrada” que con brillantes laminas ilustraban los pasajes decritos. Recuerdo vivamente la lamina primera del libro, la de la Creación. Todavía cierro los ojos y puedo revivir los colores brillantes de la recién estrenada naturaleza y los rasgos de la cara del Padre Creador. Un anciano señor con largas bargas y mucha bondad en sus ojos brillantes.

Hoy cuando cierro mis ojos y recuerdo la lamina sé que Dios estaba satisfechos de todas y de cada una de las obras de Su creación –“y vió Dios que estaba bien” (Gen. 1, 24). Imagino al Padre Creador regocijándose cuando contemplaba el brillante sol que ya facilitaba la fertilidad de las tierras y que dilataba las pupilas asombradas de los animales que miraban a lo alto deslumbrados. Recuerdo el dedo Creador que apuntaba hacia el sol y cómo los rayos de este sol le arancaban destellos brillantes a los campos verdes, a las frutas maduras, al trigo dorado y a todas las demás cosechas. Maravilla de un sol que aún en la noche se hace presente cuando le dá transparencia a la opaca luna.

Usando mi recuerdo de ayer y con mi imaginación de hoy siento la brisa humeda abanicándo el rostro de Dios. Siento el trinar de los pájaros entonando himnos de alabanza y gratitude a Dios, y la alegría de la brisa que, agradecida de su existencia, se enredaba y jugaba con las palmas, con las olas del mar, con los guijarros de los ríos. Siento que es gratitud hacia su Creador lo que le llevaba a saltar de un lugar a otro produciendo sonidos melódicos de alabanza al Creador.

Con mis ojos cerrados revivo la lámina primera del libro de Historia Sagrada. Sin duda alguna, Dios se veía feliz ante la precisa obra de Su inteligencia, ante la vigorosa proyección de Su amor hecho deslubrante paleta de colores acá y allá, sintiendo el canto de las aves, el susurro de las ramas de los árboles que se rozaban cariñosamente las unas con las otras, el murmullo de los arroyos y de los ríos.

No sólo Dios se regocijaba sino que la Creación completa alababa también al Creador. “Alabad a Yahveh desde los cielos, alabadle en las alturas… alabadle, sol y luna, alabadle todas las estrellas de luz, alabadle cielos de los cielos, y aguas que estáis encima de los cielos… Alabad a Yahveh desde la tierra… montañas todas las colinas, árbol fruta y cedros todos, fieras y todos los ganados, reptil y pájaro que vuela…” (Salmo 148).

Y cuenta el Génesis que Dios se detuvo en su acción generadora cuando terminó de hacer la Creación. Tal vez en esos momentos El se haya preguntado ¿qué más puedo hacer para darme y para quedarme de forma más tangible y para toda la eternidad de siglos y siglos?

Fue entonces que decidió crear al ser humano no sólo como la obra final y más acabada de Sus manos sino como la fuente de re-creación continua y permanente de Dios mismo, al hacerlo a Su imagen y a Su semejanza. Así, usando la última y la más perfecta de las obras de Su creación Dios decidió quedarse para siempre en la humanidad de entonces, de ayer, de hoy, de mañana y de siempre.

La segunda lámina del libro de Historia Sagrada muestra al Dios con figura humana creando al ser humano: “Y dijo Dios, “Hagamos” al sr humano a nuestra imagen y semejanza nuestra” (Gen. 1, 26). Por eso, Dios dió al ser humano la capacidad consciente de percibir, entender, razonar, valorar, decidir para poder así alcanzarle a El, que es la Verdad, la sola Verdad. Por eso, Dios infundió en el ser humano con Su soplo de vida esa fuente interior capaz de cambiar el curso de los ríos y de allanar las montañas. La energía vital de Su amor destinada a atar indeleblemente a todos los seres humanos en la única hermandad que pasa por encima de cualquier diferencia humana, y que le hace capaz de vencerlo todo, hasta la misma antítesis de Dios: al odio, a la guerra y a la soledad.

Dios al hacer al ser humano a Su imagen y a su semejanza, le entregó el poder de administrarle a El mismo que es la Vida y la Creación con mayúsculas. De esta forma haciendo al ser humano –hombre y mujer- co-creadores con El Dios aseguró así Su perpetuidad en la hhumanidad y en la creación.

Y como el compromiso de Dios con la humanidad era total… Dios no se quedó a medias, sino que le dió al ser humano Su mayor don: la libertad. Dios quería que la última creatura de Sus manos, fuese capaz de tomar decisiones e iniciativas responsables para mantener la armonía de las leyes naturales, asi como tambien la paz que proviene del equilibrio en las relaciones físicas, psicológicas y sociales de la humanidad. Al hacerlo Dios quería que la participación del ser humano en la libertad de Dios fuese usada para construir no para destruir, para unir y no para dispersar, para administrar y no para dilapidar los tesoros puestos en sus manos para cuidar.

Poco a poco, a lo largo de mi vida yo he ido entendiendo lo que significa que el ser humano fuera creado a imagen y semejanza de Dios. Hoy yo sé que es no sólo porque tengo una vida física, tangible, visible. Ni tampoco porque tengo una vida psicológica que me permite razonar, amar, decidir. Sino que es porque yo tengo la capacidad y la habilidad de estar unida y en comunicación con Dios por medio de mi vida espiritual. “Vuelve alma mía a tu reposo, porque Yahveh te ha hecho bien. Ha guardado mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, y mis pies de mal paso. Caminaré en la presencia de Yahveh por la tierra de los vivos” (Salmo 116).

Hoy, al recordar la tercera lámina del libro de Historia Sagrada entiendo aún más el Plan de Dios para la Humanidad. Cierro los ojos y recuerdo la imagen de un hombre recostado a una columna, dormido, y a una mujer saliendo del área de su corazón mientras de nuevo, el dedo Creador apuntaba a la pareja. Habia bondad en la expresión facial del anciano Dios con figura humana. Bondad inmensa: para que el hombre no conociese el horror de la soledad, Dios quiso que las futures generaciones naciesen, creciesen, viviesen y muriesen acompañados, formando parte de un círculo que resemblase la propia naturaleza íntimade Dios. “Se ha dicho, en forma bella y profunda, que nuestro Dios en su misterio más íntimo no es una soledad sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiació, y la esencia de la familia que es el Amor” (Juan Pablo II, 1979).

Así, desde pequeña yo fuí aprendiendo que Dios infundió en el primer hombre y en la primera mujer la capacidad de establecer entre ellos relaciones emocionales, que fueran indelebles, comunicativas, vivificantes, sanadoras… Y que Dios llamó familia a esa fuente primera de vida y de amor. Y para que esta reproducción de Su naturaleza íntima fuese el verdadero centro de la creación Dios puso atada a la identidad de la familia la misión de ser formadora de personas, depositaria de la vida y del amor, fuente constructora y transformadora de la sociedad, y participante esencia de la vida y de la misión de Su comunidad de fe y de su comunidad ecclesial. Y le ordenó “Familia, sé lo que eres” (Familiaris Consortio, 17).

Desde hace cientos de miles de años, por designio divino, la familia fue llamada a hacer posible que todos y cada uno de sus miembros fueran socialmente responsables, psicológicamente sanos y espiritualmente libres. Que la familia es la “primera y última experiencia humana”, es el primer sistema social-natural o la primera célula de la sociedad.

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Dr. Gelasia Marquez is an immigrant clinical and bilingual school psychologist. Dr. Marquez has studies, researches, articles, and programs aimed to help immigrant Hispanic children, adolescents and families in their processes of transition after migration