Mons. Meurice dijo ante miles de fieles presentes en la Misa de 1998: “Santo Padre: Cuba es un pueblo que tiene una entrañable vocación a la solidaridad, pero a lo largo de su historia, ha visto desarticulado o encallados los espacios de asociación y participación de la sociedad civil, de modo que le presento el alma de una nación que anhela reconstruir la fraternidad a base de libertad y solidaridad”. “Deseo presentar en esta EucaristÃa a todos aquellos cubanos y santiagueros que no encuentran sentido a sus vidas, que no han podido optar y desarrollar un proyecto de vida por causa de un camino de despersonalización que es fruto del paternalismo”. “Son cubanos que, al rechazar todo de una vez sin discernir, se sienten desarraigados, rechazan lo de aquà y sobrevaloran todo lo extranjero. Algunos consideran esta como una de las causas más profundas del exilio interno y externo”. “Hay otra realidad que debo presentarle: la nación vive aquà y vive en la diáspora. El cubano sufre, vive y espera aquà y también sufre, vive y espera allá fuera. Somos un único pueblo que, navegando a trancos sobre todos los mares, seguimos buscando la unidad que no será nunca fruto de la uniformidad sino de un alma común y compartida a partir de la diversidad”. “Llegará el dÃa en que tanto dolor y tanto sufrimiento, tanto trabajo, tanto sudor, no serán en vano, darán su fruto y fruto abundante. Y todos podremos gozar de alegrÃa, de paz, de unidad”, dijo Mons. Meurice en su homilÃa de despedida en la Catedral de Santiago de Cuba.