El Concilio se abrió a una visión decididamente positiva, y ha manifestado su intención fundamental al afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios”.

I.-

En el siglo XIX los fieles laicos eran habitualmente considerados en la práctica como cristianos de segunda categoría, menos perfectos que los sacerdotes y religiosos. La espiritualidad cristiana no tomaba suficientemente en cuenta la importancia de las actividades mundanas (familia, trabajo, estudio, etc.) como medios de santificación.

Teologos y Pastoralistas de finales del siglo XIX, con la mirada puesta en la Iglesia primitiva, se apartó de esta mística elitista; comprendieron bien que también los seglares estaban llamados a la santidad y que su función en la Iglesia era de extrema importancia. Por ello dedicaron gran parte de su trabajo apostólico para la promoción del laicado, sobre todo a través de una mejora de su formación. Su acción mostro que el apostolado de los laicos no se restringía al campo de las relaciones interpersonales, sino que abarca también el ancho campo de las relaciones profesionales, politicas y sociales de su comunidad civil.

Preocupación de Juan XXIII fue potenciar el papel de los seglares en la vida de la Iglesia, de ahí que haya observadores seglares en el concilio.

Antes de tratar el tema de la Constitución jerárquica/dogmática asi como la proyección pastoral de la iglesia se coloco un capítulo sobre el “pueblo de Dios” en el que se fijó el papel de los laicos como parte integrante de ese pueblo:

* Constitución Dogmática Lumen Gentium afirma que su vocación consiste en “iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (n. 31).

…”a los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios”.

* La Constitución Pastoral Gaudium et spes, lo dice claramente: “Los laicos, que desempeñan una parte activa en toda la vida de la Iglesia, no solamente están obligados a penetrar el mundo con un espíritu Cristiano, sino que también son llamados a ser testigos de Cristo en todas las cosas en medio de la sociedad humana” (#43).

…  A los laicos, por su propia vocación, les pertenece buscar el reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según el plan de Dios. Viven en el mundo, es decir, en todos y en todas las profesiones y ocupaciones seculares. Ellos viven en las circunstancias ordinarias de la vida familiar y social, de la cual se teje la red de su existencia. Ahí están llamados por Dios para que, al ejercer su propia función y siendo guiados por el espíritu del Evangelio, puedan trabajar por la santificación del mundo desde lo más profundo como levadura (# 31).

Ha pasado el tiempo en que los laicos no tenían otra función que esperar la ordenes del clero y cumplirlas de modo mecánico. El Decreto “sobre el apostolado de los seglares” afirma que estos tienen mas ocasiones de realizar una tarea apostólica, con el testimonio de su vida. Además la instauración cristiana de orden temporal exige inexcusablemente la tarea de los laicos:

*Decreto conciliar Apostolicam Actuositatem indica que los laicos “ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres” n. 2).

En este Decreto se pone de relieve lo que va a constituir una de las notas más originales del Concilio Vaticano II, la proyección de la Iglesia sobre el orden temporal:

“Todo lo que constituye el orden temporal a saber: los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las tareas y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales y otras cosas semejantes y su evolución y progreso, no solamente son subsidios para el última fin del hombre, sino que tienen un calor propio que Dios les ha dado, considerados en si mismos o como partes del orden temporal: “y Dios vio todo lo que había hecho y era bueno” (Génesis, 1, 31). Esta bondad natural de las cosas recibe una cierta dignidad especial de su relación con la persona humana, para cuyo servicio fueron creadas.”

Cuando se trata de promover y alentar la participación de los fieles laicos en la vida y misión de la Iglesla, una actitud realista sabe bien que hablar del « laicado » significa referirse a personas muy diferentes, en una gran diversidad de condiciones y contextos de vida, con disímiles niveles de formación cristiana y en una pluralidad de modalidades de compromiso. Sabe también que el laicado no puede ser comprendido sino a la luz de una eclesiología de comunión y de misión en relación a las concretas condiciones de vida en el mundo. No es una casualidad, pues, la estrecha vinculación existente entre el decreto Apostolicam actuositatem y las constituciones conciliares Lumen Gentium sobre la Iglesia y Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo contemporaneo.

Esta enseñanza ha sido desarrollada por el Magisterio pontificio posterior, especialmente en la exhortación apostólica Christifideles Laici del Papa Juan Pablo II. En el siglo XX, sobre todo después del Concilio, surgieron por obra del Espíritu Santo numerosos movimientos y asociaciones eclesiales con un fuerte componente laical. Ellos fueron considerados por el Papa Juan Pablo II como uno de los signos más esperanzadores en la actual situación de la Iglesia.

Muchos documentos post-conciliares y enseñanzas de la Iglesia reiteran el mismo énfasis. Nuestra vocación como laicos es transformar la sociedad. En su reciente encíclica Caritas Veritate, el Papa Benedicto deja entrever una visión de un mundo justo, de una sociedad que se ocupa de los pobres, que trabaja por la justicia, que desarrolla al pueblo que está oprimido y débil.

La bendición del Vaticano II en términos de animar al laicado es una espada de dos filos. Por un lado, esto ha abierto muchas posibilidades a hombres y mujeres laicos para comprometerse en los ministerios formales de la Iglesia. Podemos ser lectores, ministros de la Eucaristía, catequistas, etc. Podemos permitirnos estudios formales en teología; hasta podemos ser administradores parroquiales, responsables por la vida y el bienestar de comunidades católicas completas.

Sin embargo, esta abundancia de oportunidades – y sin duda, las grandes necesidades de nuestras parroquias de hoy de tener ministros laicos para ayudar con las responsabilidades pastorales – ha causado una desviación a nuestro entendimiento del apostolado laico.

Sin embargo, sería un error confundir las varias formas de ministerio parroquial (eclesial) con el campo de misión del laicado. El campo primordial de misión de los laicos está dentro de la familia y la sociedad, no solo dentro de la Iglesia misma. Qué pasaría si en realidad nos tomaríamos a pecho la noción de que en dondequiera que estemos – en nuestras vidas diarias – ¡nosotros somos la Iglesia!

El Concilio de Vaticano II nos dio una visión del papel del laicado en la Iglesia, pero no nos dio el “cómo hacerlo”. Por eso y para eso surge

El Consejo Pontificio para los Laicos

es un dicasterio(*) de la Curia romana, que coadyuva al Sumo Pontífice en el ejercicio de su supremo oficio pastoral para bien y servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares en lo que atañe a la promoción y a la coordinación del apostolado de los laicos y, en general, a la vida cristiana de los laicos en cuanto tales.

(*)Etim.: Del griego: Tribunal. Antiguamente se llamaba dicasterio a todo tribunal de la Curia Romana del que no formaba parte un cardenal. En la actualidad, Dicasterio es el nombre genérico para las agencias del gobierno de la Iglesia que componen la Curia Romana. Entre los dicasterios están: la Secretaría de Estado, las Congregaciones, los tribunales, consejos, oficios, comisiones y comités. A cada dicasterio el Papa delega una función en servicio del gobierno de la Iglesia.

El Consejo es, pues, uno de los instrumentos que, asisten al Pastor universal de la Iglesia en el ámbito de las competencias por él mismo asignadas a cada uno de ellos, de modo que la misión confiada por Cristo a Pedro y a sus sucesores sea cumplida lo más eficazmente posible.

El Consejo Pontificio para los Laicos tiene su origen en una propuesta formulada en el número 26 del decreto conciliar Apostolicam Actuositatem, sobre el apostolado de los laicos. Su nacimiento oficial fue establecido por Pablo VI el 6 de enero de 1967 con el Motu proprio Catholicam Christi Ecclesiam.

Años después, Juan Pablo II señalaba una vez más al Consejo Pontificio para los Laicos: « Una tarea inmensa que nos ha legado el gran acontecimiento conciliar: la de hacer que un número siempre creciente de cristianos se comprometan a vivir consciente y coherentemente su sacerdocio de bautizados, como piedras del edificio de Cristo, ciudadanos y protagonistas de un pueblo peregrino ».(20)

¿Qué sería un pueblo sin habitantes, un ejército sin soldados o un rebaño sin ovejas? Pues eso sería una parroquia, una diócesis y toda la Iglesia si hubiera sólo sacerdotes y obispos. Sin seglares no hay Iglesia. Sólo con ellos, tampoco. Jesucristo ha querido que haya pastores y fieles, jerarquía y laicado. Gracias a Dios, se va abriendo paso una concepción de Iglesia en la que, además de los pastores, hay también cristianos de a pie que tienen la misma dignidad, los mismos medios y el mismo destino.

Desafortunadamente, esta rica concepción conciliar del laicado no acaba de entrar en la vida de cada día. Por ejemplo, muchos seglares siguen pensando que los obispos y presbíteros se encuentran en la situación óptima para ser santos de verdad, mientras que ellos deben contentarse con una vida cristiana de segunda división. A la inversa, no faltan miembros de la jerarquía que piensan que los seglares no tienen suficiente con su bautismo para anunciar el evangelio, participar en la liturgia y responsabilizarse en la actividad apostólica, ni siquiera en su trabajo profesional. Incluso se piensa, a veces, por parte de unos y otros, que el mejor apostolado de los seglares es el de colaborar en las tareas eclesiásticas y jerárquicas.

II.-

El 8 de diciembre de 1975, a los 10 años de la conclusión del concilio Vaticano II, y como fruto de la III asamblea general del sínodo de los obispos (1974), Pablo VI publicaba la exhortación apostólica postsinodal “Evangelii nuntiandi”, centrada en el tema de la evangelización.

La introducción (nn. 1-5) de este documento recoge el tema del sínodo en la formulación de tres preguntas fundamentales: ¿cuál es la eficacia actual de la energía que está presente en la Buena nueva? ¿hasta dónde y cómo está transformando al hombre de hoy? ¿qué métodos usar para que su poder sea más eficaz? (n. 4)

Las tres preguntas se resumen en esta: “la Iglesia, ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para inserirlo en el corazón del hombre con convicción, libertad de espíritu y eficacia?” (n. 4).

Es decir, se trata de reconocer la eficacia salvífica del Evangelio, y analizar si realmente está llegando hoy día al mundo y al hombre que sigue necesitado de salvación.

1. Del Cristo evangelizador a la Iglesia evangelizada

El capítulo primero explica cómo toda la evangelización arranca desde Cristo, que ha venido a anunciar la buena noticia, es decir, el Reino de Dios (n. 8) y la liberación del pecado (n. 9).

La misión esencial de la Iglesia, que nace de la evangelización de Jesús, es llevar el Evangelio a todos los hombres, lo cual es posible cuando Ella se evangeliza a sí misma como depositaria y contenido del Evangelio que quiere comunicar. Así, “enviada y evangelizada, la Iglesia misma envía a los evangelizadores” (n. 15).

Este capítulo nos pone, pues, en un marco cristocéntrico y salvífico, lo cual permite comprender la misión de la Iglesia y su sentido. Apartarse de esta misión significa perder la propia esencia.

2. ¿Qué es evangelizar? . La evangelización consiste en transformar a la humanidad, y esta transformación sólo en posible mediante la transformación de cada hombre a través de la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio.

Para ello es importante el testimonio (los hombres de hoy escuchan más a los testigos que a los maestros y, si escuchan a los maestros, es en tanto en cuanto que son testigos, como se dirá más adelante en el n. 41).

Pero no basta el testimonio: hay que anunciar el Evangelio, pues el anuncia es un aspecto del mismo mensaje evangélico, y quien lo acoge se convierte automáticamente en transmisor: “es imposible que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (n. 24).

3. Contenido de la evangelización: Pablo VI inicia el capítulo tercero con una síntesis: la evangelización consiste en anunciar el Amor del Padre revelado por Cristo en el Espíritu.

Una categoría moderna para comprender buena parte de este amor es la de la liberación, que expresa bastante bien el tema fundamental de la salvación en Cristo. Es un tema que el Papa afronta ampliamente, sobre todo para evitar algunas interpretaciones de la liberación que vacían al Evangelio de su contenido profundamente religioso.

4. Medios de la evangelización: Basados en el testimonio, que no puede faltar en la evangelización (n. 41), hay que dar su lugar a la Palabra, de manera especial en el mundo de hoy, que da tanta importancia a la imagen (n. 42).

Pablo VI ofrece aquí un análisis de los “púlpitos del siglo XX”, los nuevos medios de comunicación social (n. 46), sin que por ello se deje de lado la evangelización realizada “de persona a persona”, en el contacto privado, que tanto ayuda a promover la convicción en los corazones (n. 46).

5. Destinatarios de la evangelización: La evangelización abarca un sinfín de ámbitos y de personas, pues el mandato de Cristo ha de ser mantenido siempre y en todo lugar: “¡A todo el mundo! ¡A toda criatura! ¡Hasta los confines de la tierra!” (n. 50).

Hay que iniciar con los no creyentes, a los que estamos llamados a acercar a la fe por medio de una pre-evangelización, apoyada no sólo con la predicación explícita, sino también con el arte, los intentos científicos, la filosofía y los recursos legítimos que pueden ser ofrecidos al corazón del hombre (n. 51).

Asimismo, el anuncio debe llegar a aquellos que profesan credos religiosos ajenos a Cristo y que contienen ya algunas semillas del Verbo, pero sin haber alcanzado la plenitud de la verdad que posee la Iglesia católica.

Urge afrontar de modo especial el problema del secularismo ateo, que vacía al hombre de los necesarios preámbulos para la fe en Cristo.

La solicitud de la Iglesia debe llegar a los mismos bautizados no practicantes, que debilitan en ellos la fuerza de la nueva vida en Cristo.

El capítulo quinto concluye con una valoración positiva de las comunidades eclesiales de base, a las que Pablo VI contrapone las otras comunidades de base, que no son eclesiales por atacar y separarse de la vida de la Iglesia (n. 58).

6. Agentes de la evangelización: Este capítulo es introducido con una importante premisa: la evangelización es siempre un acto eclesial, y no individual. Por lo tanto, todo evangelizador actúa según el poder que recibe de la Iglesia, la única evangelizadora (n. 60).

Desde esta premisa, Pablo VI hace un profundo estudio sobre las relaciones entre la Iglesia universal y las iglesias particulares (nn. 62-64) que le lleva a concluir que toda la Iglesia debe evangelizar, pero hay diferentes tareas evangelizadoras (n. 66).

De un modo sencillo el capítulo habla de los distintos evangelizadores: el Papa (cuya potestad plena, suprema y universal consiste, sobre todo, en predicar y hacer predicar el Evangelio, n. 67), los obispos y sacerdotes, los religiosos, los seglares, la familia (la iglesia doméstica) y los jóvenes.

El capítulo concluye con una valoración de aquellos ministerios laicales que no están ligados al sacramento del orden sagrado (n. 73).

7. Espíritu de la evangelización: Toda la labor evangelizadora de la Iglesia, todo el esfuerzo que se ponga en las técnicas y en la preparación de los anunciadores, serán infecundos si no están vitalizados por el Espíritu Santo, el agente principal de la evangelización. Es oportuno recordar que la misma idea aparece en la encíclica “Redemptoris missio” (del año 1990) de Juan Pablo II, en los nn. 21-30.

Desde esta premisa, Pablo VI recuerda una serie de cualidades que no pueden faltar en la evangelización:

-La autenticidad del evangelizador, algo que se exige mucho en el mundo de hoy, especialmente entre los jóvenes (n. 76).

-La unidad de los cristianos, para evitar el escándalo de la división (n. 77).

-La valoración de la verdad, en la que juegan un papel importante todos los anunciadores (incluidos los padres y los maestros, n. 78).

-El amor hacia la persona a la que se transmite el Evangelio (n. 79).

Desde luego, no faltan dificultades, la principal de las cuales es la falta de fervor, que se manifiesta en la fatiga y la desilusión, el acomodamiento al ambiente y el desinterés, en la falta de alegría y de esperanza (n. 80). Asimismo, se dan dificultades doctrinales, en buena parte refutadas de nuevo por Juan Pablo II en la encíclica “Redemptoris missio” (ya antes recordada) y en la “Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización” (3 de diciembre de 2007), preparada por la Congregación para la Doctrina de la fe y aprobada por el Papa Benedicto XVI.

III.-

¿Qué sucede con el movimiento laico en America Latina?

No cabe duda que América Latina sigue siendo, oficialmente, un continente de bautizados en la Iglesia Católica. Sin embargo, como lo ha expresado un sacerdote hace poco, hay “muchos bautizados pero pocos cristianos”. Este quiere decir que, para la gran masa de bautizados católicamente no hay una conciencia que han sido, por este acto sacramental, hecho uno con Cristo mismo, parte de su Iglesia y portadores de la misión de la Iglesia que es la continuación de la de Cristo mismo.

El de “ser católico” se ha limitado, muchas veces, y en el mejor de los casos, a escuchar misa los domingos y cumplir con unas devociones personales; no hay mucha conciencia del aspecto comunitario de nuestra fe o lo que significa pertenecer a la Iglesia. Hace falta una formación continuada y profunda en las enseñanzas de la Iglesia que lleva a una indiferencia religiosa y una ignorancia del significado propio de lo que significa ser cristiano. Miembros del Cuerpo Místico de la  Iglesia.

Los campos de Apostolado Seglar son múltiples. Al respecto, los obispos Latino Americanos ofrecen una apreciación muy amplia al decir: “Por tratarse de un Continente de bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas. Los movimientos eclesiales tienen aquí un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su misión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política.”

También los Obispos enunciaron los criterios fundamentales para la evangelización en nuestros tiempos: ”En estos momentos en los que la Iglesia de este continente se entrega plenamente a su vocación misionera, recuerdo a los laicos que ellos también son Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio a todo el mundo. Todos los hombres y las mujeres bautizados tienen que tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por medio del sacerdocio común del pueblo de Dios. Tienen que sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores”.

Con todo esto en mente ellos, en su documento final podían decir: “Son los laicos de nuestro continente, conscientes de su llamada a la santidad en virtud de su vocación bautismal, los que tienen que actuar a manera de fermento en la masa para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios. La coherencia entre fe y vida en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Para una adecuada formación en la misma, será de mucha utilidad el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. La V Conferencia se compromete a llevar a cabo una catequesis social incisiva, porque “la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas.”

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Dr. Gelasia Marquez is an immigrant clinical and bilingual school psychologist. Dr. Marquez has studies, researches, articles, and programs aimed to help immigrant Hispanic children, adolescents and families in their processes of transition after migration